miércoles, 24 de octubre de 2012


Bebemos de un caudal interminable, 
nuestra propia intimidad. 
Nos lo vamos contando todo, 
unos más bajito que otros, casi inaudible. 
-Esos son los que creen que no se cuentan cosas- 




Lo que vemos,  cómo lo vemos,  las cosas 
o cómo serán las cosas que aún no hemos visto 
y que huelen tan intensamente. 
Qué sentimos,  qué no sentimos, 
por qué nos miran,  por qué miramos, 
hacia dónde lo hacemos. 
Qué queremos, 
qué quieren de nosotros,  qué esperan, 
qué nos importa. 
Por qué este sabor me produce una emoción, 
por qué este color. 
Por qué las personas pasan a mi lado y no reconozco 
nada en sus rostros,  y una de cada mil 
me resulta familiar,  cálida. 
Por qué hay un momento en la vida que sentimos 
hasta por debajo de las uñas, 
y otros en los que somos incapaces de sentir. 
El caudal cae empujándonos en constante vértigo. 
Crees que llenando el tiempo hasta la debilidad 
te olvidarás de ti, 
pero no es así,  te sigues hablando. 
No se puede huir de uno mismo. 



Nená de la Torriente