domingo, 14 de abril de 2013


Las penas habitan en un pañuelo 
pero nadie lo sabe. 
Puedes doblarlo en tantas partes 
como pequeño quieras hacerlo. 
Son esclavas no dueñas,  y a  callar 
se las manda o a dormir un  rato. 


Si las dejas que te hablen 
y que te hablen mucho, 
te desordenan,  penden de tu cuello 
como sogas y van arramblando 
con lo que son y lo que no eran 
hasta barrenarte el bote, 
y en un tris te ves expuesto 
a un piélago desconocido 
rodeado de tiburones, 
que confunden el sabor de tus lágrimas 
con su propio hábitat. 
Por eso cuando ya empiecen a flagelarte, 
extiende el pañuelo y colócalas dentro, 
y ve doblando la tela atendiendo a esquinas, 
hasta que sea tan pequeño que te quepa 
en cualquier bolsillo. 



Nená de la Torriente