martes, 2 de octubre de 2012


Vamos a querernos un ratito, 
así,  sin vernos. 
Yo no sé tu nombre, 
tú no sabes el mío, 
ni los muros de piedra 
que marcan tu-mi contorno.
Yo te grito ¡te quiero! 
tú me gritas ¡te quiero!, 
y somos capaces de sentirnos 
queridos-das,  mucho, mucho. 
Así de fácil, 
como una carta en un buzón 
a cualquier destinatario. 

Porque el amor 
cuando es amor, 
es   c i e g o .



Nená de la Torriente

Descalza sobre el suelo 
escucho a la niebla vocear fuera, 
que si el mar está gruñón. 
que si ha crecido la palmera, 
que ¡qué escándalo el viejo autobús! 
Sonrío,  por lo vocinglera que anda hoy 
la espesa niebla,  con su baile lento, 
con su bata gruesa. 
Enseguida se la llevará la mañana 
como una niña perdida,  que recupera 
su tata entre mantillas blancas. 


Dirá ‘yo no fui', ‘yo no he sido’, 
mientras se eleva por encima del azul 
que hay debajo de tus cejas. 
Aunque un poco quedará enredada 
entre mis pies,  escondida, 
para seguir rezongando sobre la mañana. 



Nená de la Torriente

lunes, 1 de octubre de 2012

-Confieso que-


Confieso que tenía miedo a mirarme. 
No era como ayer. 
No daba brincos ni la sangre se me encendía 
como llama viva por cualquier cosa. 
Confieso que los jóvenes me incomodaban, 
bobalicones les veía, movían el pie 
antes que la cabeza, demasiado invertebrados, 
palominos de corazón pavesa. 
Confieso que a su edad ya les miraba así, 
aún siendo parecida. 
Confieso que al cumplir los cuarenta me sentí 
de algún modo aliviada,  y al tiempo absurda 
por sentirme aliviada. 
Confieso que aún me cuesta entender 
muchas cosas, 
pero quizá no es preciso entender tantas cosas. 
Confieso que poner nombre a todo es absurdo 
cuando se trata de relaciones, 
pero es más absurdo no saber dónde te sientas. 
Confieso que no me quiero mucho 
pero me sobra capacidad para querer en diluvio. 
Que a veces soy muy lista, 
y a veces soy muy tonta, 
y que me cuesta infinito perder la sonrisa. 
Confieso que escribo como hago bizcochos, 
y pinto como hago té, más rápido y torpe todavía. 
Pero confieso que sé que levanto sonrisas 
cada vez que escribo y lo adivino, 
y te escribo a ti, sí a ti 
que hoy me miras,  y te abrazo fuerte 
para que sepas que no has estado solo nunca. 



Nená de la Torriente

Vente conmigo,  vente, 
a este palacio de paredes invisibles. 
No hay puertas ni ventanas, 
los pasillos no se cruzan, ni siquiera 
esquinas para custodiar misterios. 


Tú serás los espacios,  tú la puerta, 
tú el camino,  la mudez si lo deseas, 
todo el misterio. 
Nadie te hará preguntas. 
Nadie tapará tu espacio. 
Nadie rozará tu palabra si tú no quieres. 
Pero si lo añoras,  un cucharón de mimos 
te estará esperando cada segundo, 
porque somos niños, 
nos engañaron, 
nunca dejamos de serlo 
y aquí vestiremos nuestro babi, 
nuestra caja de lápices nuevos 
y nuestro nuevo mundo,
tan antiguo,  por estrenar. 



Nená de la Torriente


Se consume la vela. 
Su aroma de higuera explora 
los espacios que mi camisón le deja. 
Ausente mi sueño,  sobrevuela verdes 
que el asma no me indultaría y 
sonríe dichosa; 
mientras esa mano de humo 
se cuela entre el algodón 
y los lunares de mi piel. 
¿A dónde van las palabras mudas 
que charlatanas hablan en el sueño? 
¿A dónde la osadía del humo 
que goza mi cuerpo? 
Todo transcurre al mismo tiempo 
desde el mismo tiempo, 
somos pétalos de una misma flor. 



Nená de la Torriente