Pueblos en la falda de la montaña
sesteando
como neveros a la sombra de su cima,
así sueña el cielo con sus sombras chinescas
y mi suelo se marchita;
le abruma el mador de los cuerpos
que él no liba
y la trasparencia del agua de las pozas.
Una nana no necesita,
que quiere el llanto de mil cisnes
que al verter su manto le mezan,
o un océano de estrellas
sin tu nombre ni el mío,
que arrime olas de lluvia
a su funesta herida abierta.
Nená de la Torriente
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