Véndeme un sueño,
el peso del gorrión en el alambre,
diminuto, acendrado,
tan tuyo como todos tus gestos.
Véndeme una esperanza,
un deseo,
el pulso que advere que sigo viva.
Tal vez un beso,
una mañana ligera, casi tímida.
Véndeme un ápice de tu isla,
sin juramentos
sin verdades a medias,
al costado de las cosas,
y véndeme el instante de después.
Nená de la Torriente

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