La horizontalidad no duele,
no duelen los paseos sin rumbo
ni los latidos en calma,
tampoco saber que no estarás de aquí
a cuando sea,
respirar despacio, olvidarte.
No duele
dejar de marcar calendarios
ni imaginar un final feliz,
saber que quizá nadie más ve
cómo te hablan las flores,
ni tener mil vidas
para darte
aunque tú no lo sepas.
Porque quien no soporta su suerte
busca empecinadamente la desdicha,
la pena, la frustración,
la pelea más íntima.
Vende su paraíso
por tres o cuatro claveles,
una y otra vez,
para terminar llorando
cuando inevitablemente
fenecen.
Nená de la Torriente

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