domingo, 20 de noviembre de 2016

 
 
No hay drama
si el cajón del pan guarda el queso
o si la copa se acabó
y dejó epístolas de amor en el mantel
de un rojo desvaído.
Extraordinarias son las cosas pequeñas
que pronunciamos a solas,
sin la luz turbadora
de unos ojos que no nos quieren,
e ignoradas casi siempre.
Si desear un amanecer 
en mitad de la noche,
una taza sin fondo
de leche con galletas,
la receta del adolescente amado
para siempre,
es soñar con una acacia sin selva
despojada de toda espina
¿qué  es lo real?
Si fueran una fantasía 
como los Leprechaum
o los Truptty,
compañeros del bendecido, 
los centenares de experimentos 
en busca de lo inherente  
a cada uno,
o una suerte de juego 
las ajenas fraguas,
siempre asombrosas
para el que manuscribe su soledad,
todo interrogatorio sería absurdo.
Pero seguimos aquí,
imbatidos,
haciéndonos preguntas
una y otra vez,
siglo a siglo.
 
 
 
Nená de la Torriente

miércoles, 16 de noviembre de 2016

 

Se olvidarán las razones
que a vender vida se obcecaron,
como se perderá el río 
entre las cajigas de verde mate.
Volverá la mujer
de medias negras,
de boca púrpura,
de sortijas grandes,
a reemplazar a la niña
con su pijamita de estrellas.
Y el libro se cerrará,
como el alma se acoraza
tras la privación del beso,
como la luna canta una sola nota
bajo los auspicios del gozo.
Y se descorchará lo breve
en tibias sábanas,
en el arañazo de la calle vacía,
en el vaso etílico y caliente.
No estarás tú
ni el presente será melancolía,
porque el mundo irá por delante
de todos los sueños manumisos
liberados por poemas,
y todo dejará de importar
como ahora te importa.
 
 
Nená de la Torriente


sábado, 5 de noviembre de 2016

Disʇintos
Invades el presente
sin términos ni ambiciones,
una mueca por sonrisa
y sólo tres peldaños:
No lo sé
             Estoy
                    y Sigo.
¿La verdad?
Dos monedas alojadas
en un invariable escaparate.
Tu memoria
la brisa de ningún momento,
porque nunca anduvo  
en más mirador que el tuyo,
ni en más sueño que en tu cama.
Nunca un tal vez,
ni un mañana
ni un ¡contigo el mundo!
En una exclamación perdida.
Jamás una promesa  
alargada en el segundo
de tu índice,
nada alabancioso.
Aquí estás quieto,
satisfecho contigo mismo,
sin hacerte preguntas,
sin exigirte nada.  
Y yo te observo al otro lado
del río 
con la gravedad de otro pulso, 
con esta sonrisa intensa 
y vivida,
y sin perder el brillo de mis ojos.   
 
 
 
Nená de la Torriente